Una vez más ahí. Ya parecía una especie de adicción, algo que esperaba por días y que sólo sucedía. Yo, justamente yo, un hombre tan decente, o por lo menos solía serlo. Imaginé la cara de indignación de mis padres y amigos ¿qué pensarían de mí? Ellos me tenían que entender, no pude hacer nada para evitarlo. Al mirar el reloj me di cuenta de que ya eran las ocho de la noche, estaba retrasado de todos modos. Pero esta vez parecía que las agujas del reloj se movían más rápido de lo común, luego se detendrían, dejándome alcanzar la gloria, aunque sea por unos minutos. Decidí sentarme en el sillón ubicado en el medio de la habitación, ponerme cómodo en él. Como consecuencia del nerviosismo, movía la pierna, tal y como lo hace un nene chiquito que espera impaciente su sorpresa. Sentí claramente como una gota de sudor frío corrió por mi espalda, trazando cada una de sus curvas con absoluta perfección. En seguida mi mirada se posó en el resto del lugar, recordando, reviviendo, cada uno de los momentos vividos en él. Las cortinas, similares a la nieve blanca, se filtraban por la habitación sin que uno se diera cuenta, espiándolo todo. El piso de alfombra rojiza y las paredes color marfil hacían parecerle a uno que estaba situado en el lugar más recóndito del mundo. Era como si toda la habitación fuese la única testigo de lo que en ella ocurría. Era ella la que, en esos largos momentos de debilidad, lo observaba todo. Una espectadora cálida y callada que guardaba los más rigurosos secretos.
Suspiré cerrando los ojos, intentando relajarme.
Bueno tal vez no sea tan terrible, tal vez sea yo el extremista. Pero de todas formas, esté o no bien, no podía entender el por qué de mis reacciones. ¿Desde cuándo me ponía tan nervioso? ¿Desde hacía cuánto soñaba con volver? Es que realmente ya no soy yo. Esto no me permite acordarme de nada, si estoy perdiendo, si estoy ganando. ¿Quién sale en verdad lastimado?
Tantas cosas pasaban por mi cabeza en esos momentos de angustia, sólo yo sé por todo lo que he pasado, indescriptible, ¿Qué necesidad?
Esta sería la última vez, si, la última vez. En tan sólo unos momentos lo aclararía todo.
Repasaba en mi mente una y otra vez las palabras que pondrían, de una y por todas, fin a este delirio. Pero a un delirio realmente divino. Igualmente, los recuerdos siempre estarán en mí. Recuerdos que sólo son fruto de la debilidad misma.
El sonido de la puerta abriéndose me sacó de mi corta meditación. De vuelta los nervios y la ansiedad. Me sentí un poco inútil al verme así. Inútil y preocupado, por darme cuenta de que mi carácter es tan frágil que a menudo parece a punto de romperse. Se paró delante de mí como siempre, y ahí me di cuenta de que no hay pensamiento alguno que pueda hacerme cambiar, y que las debilidades, justamente son debilidades por ser más fuertes que uno. Nuestras miradas se encontraron en algo que pareció una eternidad, mi alianza rodó por el piso de madera, y besé a mi amante como nunca lo hice. Pero yo sabía que esta iba a ser la última vez….
Largas horas habían pasado ya, otra vez en casa, otra vez la familia. Lo de siempre, lo normal.
El cuarto en absoluto silencio, fumando en la oscuridad. La silueta de mi mujer se dibujaba debajo de las sábanas. Parecía un espectro, no ella, sino la culpa que de mi conciencia brotaba. Hasta llegué a pensar que tal vez todo esto era el castigo, por ser tan feliz con la “otra”
No me gustaba llamarla así, ella era tan sólo una mujer, producto de la debilidad, del engaño, no eran mis pasiones un acto de venganza. Y tampoco recurro a la autocomplacencia, no, por supuesto que no, no me gusta ir por la vida repartiendo culpas.
Lo asumo, pero ya no hay más nada que pueda yo hacer. Si después de todo hacía ya medio año desde que me dije, “sería la última vez”. Aún no se porque juego a engañarme, porque juego a engañar a los demás, a ellas.
Ellas, víctimas de mis enredos, ninguna sabe de la otra, nunca lo sabrán. Esto de las encrucijadas me terminaría consumiendo la vida. Revisaba inútilmente las cosas que podría haber hecho, ya me había jurado los besos y el llanto.
Sólo restaba intentar dormir. Noté la cama bastante más fría de lo habitual, rechinaba a cada movimiento mío. Delatora. Lentamente se dio vuelta y me abrazó. Pobre de él, pensaría. Tan tarde y con este frío a llegado de trabajar. Pobre sos vos, mi amor. Perdón. Una vez más te lo pido, como casi todas las noches. Te lo pido en silencio, porque sé que da un mejor resultado.
Iluso yo, que pretendía dormir. Era como que una parte de mi ser me odiaba, mientras que otra aplaudía. Se retaban a duelo, con mi conciencia como trofeo.
¿Pero qué estás haciendo? Debe ser que no te importa ella, tus hijas, ni nadie, egoísta y pervertido.
No, sabés que no es así, lo tiene bien merecido. Vos no sos tonto. Mejor que nadie conocés como terminaban sus clases universitarias, sus salidas de estudio. Excusas, tenía otro. Es la realidad, entonces no hay nada de malo en tus acciones.
Cada noche era lo mismo, voces dentro de mi cabeza de disputaban la culpa. Que importaba lo que decían. A mi sólo me importaba, no perder la poca razón que me quedaba.
Me tranquilicé una vez más, o por lo menos lo intenté. Me estaba quedando dormido al fin.
Mi celular vibró, era ella. Ya era de mañana, el sol se filtraba por las ranuras de la persiana. Suspiré, otra vez vibró, me estaba llamando, no podía atender. Miré al mi alrededor, ella no estaba. Bueno ya está, basta, una cosa o la otra. El dormir me había hecho muy bien, para reflexionar sobre el asunto. Dejaría a mi mujer, lo haría rápido, sencillo, pim pam pum, me voy. Se nos murió el amor, fue la culpa de los dos.
Si, ya tenía todo planeado. Una vez el celular vibró, sacándome de mis más profundos pensamientos.
Lo agarré entre mis manos, era un mensaje, era de ella, de la “otra”, que desde mañana mismo ya no sería nunca más la “otra”.
Debería haber un error, no puede ser. No. Pero en la pantalla está muy claro:
“Ya sé que tienes “otra”, no soy ni seré la segunda de nadie, se nos murió el amor date cuenta. Hasta siempre…”
miércoles, 30 de julio de 2008
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